En un mundo donde la fuerza suele medirse en decibelios, Pit Cosenza prefiere hablar con el ejemplo: callado, constante y contundente. Su presencia no necesita amplificarse; se siente. Es de esos instructores que no imponen respeto, lo inspiran, y que entrenan más que el cuerpo: educan el carácter.
Jóven, pero con una trayectoria admirable, Pit ha encontrado en el Brazilian Jiu-Jitsu no solo una disciplina física, sino un lenguaje de vida, una forma de pensamiento y una filosofía de resistencia pacífica en un mundo vertiginoso.

Desde la academia Cosenza GT en Guatemala, Pit no solo forma a futuros campeones; forma personas que respiran más profundo en medio del caos, que aprenden a caer y levantarse con elegancia y humildad. Afiliado a la prestigiosa Gracie University, su linaje no se mide únicamente en grados o podios, sino en valores: paciencia, voluntad, respeto y camaradería.

Su texto —la carta de un guerrero que reflexiona en voz baja— no es un manifiesto de logros técnicos, sino una invitación profunda a reconectar con lo esencial. A través de palabras sinceras, Cosenza ofrece una puerta de entrada al tatami, no solo como espacio físico, sino como territorio interior. Lo que propone no es un deporte, es un camino.

«Empecé a entrenar a los once años, motivado por acompañar a mi padre en su camino por
las artes marciales. A los dieciséis, en medio del ruido del colegio, esperaba con ansias que
llegara la noche. No para salir, sino para entrar al tatami, soltar el estrés y sentirme vivo.
Mientras la profesora hablaba de ecuaciones, trinomios cuadrado perfectos y otro montón
de cosas que nunca comprendí… Mi mente siempre estaba en otro lugar: ideando cómo
someter a rivales más grandes desde la guardia cerrada.
Con el tiempo, empecé a competir. Gané, perdí, volví a intentar. Y descubrí que el triángulo
era mi arma favorita, que perfeccioné durante años. Hoy me obsesionan las llaves de
pierna, y no descarto sacar un día un curso llamado Leglocks para necios. Por ahora, te
comparto un pedacito de mi camino en el siguiente enlace: La Maestría del Triángulo.
Pero jiu-jitsu no es solo técnica. Es una escuela de vida. Entrenás el cuerpo, sí, pero
también la mente y el carácter. Aprendés a caer, a respirar en el caos, a seguir aunque
parezca que todo está perdido.
En un mundo tan acelerado, que desprecia la lentitud y castiga el error, el jiu-jitsu es un
acto de resistencia. Una manera de reconectar con lo esencial: el presente, la paciencia, la
voluntad.
Por eso lo llaman el arte suave. No porque sea “suave” en la páctica —quien entrena lo
sabe—, sino porque te enseña a moverte con inteligencia, a usar la energía del otro, a fluir
en lugar de forzar. Como dijo Bruce Lee: hay que ser como el agua.
Y eso cambia todo el juego. Porque jiu-jitsu no solo transforma tu cuerpo: transforma tu
forma de pensar, de enfrentar problemas, de vivir. En el tatami, hasta la agresividad tiene
un lugar: no se reprime, se canaliza. Se convierte en energía, en enfoque y sobre todo en
respeto.
Y sí: jiu-jitsu también es movimiento. Como en la bachata, la salsa… todo radica en las
caderas: sueltas para escapar, firmes para controlar. Un vaivén constante.
Mi recomendación final es que agregués movimiento a esta espiral llamada vida. Si algo
dentro tuyo está buscando un cambio, una vía de escape, una forma de conectar cuerpo y
mente… esta es la señal. (…) Amárrate el cinturón blanco. Y empezá el viaje«
Si te interesa saber más o participar de Brazilian Jiu-Jitzu en Z14 o en Carretera a El Salvador, puedes
Reservar tu clase de prueba.



